sábado, 24 de noviembre de 2012

*[Del pardo al blanco]*


Esta mañana, un anciano se sentó a mi lado en la parada del autobús. Me miró con la mirada perdida, en un triste y lejano celeste, y sonrió.
Hay personas a las que los años les traicionan en forma de fragilidad, en el claro de los ojos. Me pregunto si a mí también me pasará, si mis ojos se tornarán pálidos por temor al tiempo. Sobre todo, me pregunto si tú estarás ahí para verlos: claros, cansados, gastados de pura vida.
¿Cómo conservaremos tanta juventud entre arrugas? ¿Cómo se nos verá el brillo con cataratas? ¿Tomarás mi mano artrítica? ¿Me sacarás a pasear con bastón? El amor…¿seguirá vivo pese a los infartos?
No te imagino besándome con dientes de mentira, ni acariciando pelo blanco.
No podría.
De lo que sí estoy segura, es que si te dieran la oportunidad de cambiar algo de todo lo que hubieras vivido, no lo harías. Quizá ser tan bueno, quizá renegar de la plata. Pero siempre te quedarías conmigo, viendo como los ojos se me aclaran con los años.
Y yo, si hubiese un paraíso después, tan bello, tan esperado, tan eterno, lo gastaría en encontrarte, hasta que el color de mis ojos desapareciese por completo.

sábado, 17 de noviembre de 2012

*[Volvemos tras una pausa publicitaria]*

En una granja visiblemente nacional, la imagen presenta a un hombre en peto vaquero y camisa beige dirigirse hacia las vaquerizas. Elige a una de las muchas vacas que allí se presentan, deja una pequeña banqueta de madera a su lado y un cubo de metal bajo sus ubres.
Le acaricia la cabeza y la vaca la ladea. Palmea su lomo, se sienta con cuidado y comienza a ordeñarla. La leche caliente resuena al impactar contra la chapa.
Se ve como el granjero se va extrañando poco a poco hasta que se mira una mano y la ve ligeramente rosácea. Se acerca a la ubre del animal y rasca con el índice, descubriendo que bajo el aparente rosa, las tetillas del animal son de color gris metalizado. La vaca muge y el sonido llega distorsionado, a la quinta nota parece un mugido rallado. El granjero tira la banqueta al intentar ponerse en pie. Se tapa la boca con las manos. A la vaca se le apagan los ojos y se le cae un tornillo. El asombroso descubrimiento hace que al granjero le explote la cabeza y su miembro se corra, manchándole la entrepierna.
A la vaca mecánica le estallan los pezones y la pantalla entera se llena de la leche blanca.
El espectador se ciega por el blanco nuclear.

Tras 6 segundos de un plano absolutamente neutro, aparece la imagen de una mesa en medio de un prado, con un yogur encima de un mantel de picnic. Mientras tanto, una voz en off, preferentemente femenina, dice el título del spot:

" [Introduzca marca láctea], los únicos yogures con leche de verdad "

jueves, 1 de noviembre de 2012

*[Sudor enlatado]*

Cuando corro lo hago por el aire. Correr consiste, simplemente, en poner un pie tras otro una y otra vez, cambiando el ritmo. Todo lo que pasa por mi mente queda reducido a las transpiraciones motrices. Nada pasa mientras corro, sólo avanzo. Las zancadas transcurren torpes al principio y después fluyen, haciéndome sudar. Sudo y respiro a partes iguales. La brisa golpea mi cara, y el frío descuartiza mi piel, pero no importa porque estoy corriendo.
El gimnasio, sin embargo, me huele a plástico y sudor enlatado. No veo hacia donde voy, por supuesto, me quedo quieta en una máquina que masacra mis músculos. Como no hay viento, ni su curso natural, mis pasos se hacen repetitivos y me sobra cerebro para volver a mis problemas cotidianos.
El gimnasio no me gusta, pero es útil cuando llueve, como el otro día.
Me ponen a correr frente a una ventana, para que la gente me vea rosa y nauseada. Yo se lo agradezco, como el otro día, por dejarme ver la brisa, aunque no sentirla. A veces la niebla no me permite recrearme en las formas que la cruzan. Pero aquel día la tormenta aplastaba la neblina contra el asfalto y el único humo visible era el de los cigarrillos de la gente. Parece sorprendente que un paraguas plegable protegiese aquel mechero de la tromba de agua que caía. Un paso tras otro, un suspiro, y la respiración descompasada los próximos treinta segundos. Un viandante. Alguien gris con paraguas, alguien gris corriendo con capucha, empapado.
Pudo ser el ejercicio prolongado, o un achaque de mi mente intranquila, pero juraría que la última persona  gris que vi fumando el otro día fue consumida por su cigarro, paraguas incluido.