sábado, 4 de junio de 2011

*[Atenienses 1, alemanes 0]*

Antes de que entraran los nazis en Atenas, los encargados del museo se encargaron de guardar todas y cada una de las vasijas y de enterrar las estatuas entre los cimientos del edificio.
En 1941, cuando los alemanes entraron en la capital griega, se encontraron con un museo vacío.

¿No es una historia preciosa? A mí me hace mucha gracia.

jueves, 2 de junio de 2011

*[La poesía y yo]*

El idioma es la patria de un poeta, y yo me siento exiliada de algunas palabras

*[Hansel y Gretel]*

Ahora entiendo perfectamente a la bruja del cuento de Hansel y Gretel:
Toda la vida construyendo la casa de sus sueños para que lleguen unos niños glotones y empiecen a comérsela.

*[El trauma de una niña ante el divorcio de sus sueños]*

Sé muy bien como es la quietud de mundo,
sé cuan verdes son las noches,
cuan tristes los álamos.
Sé cuanto volumen ocupo,
cuanta es la distancia que puedo recorrer,
cuan recta es mi nariz,
y que mis dientes están separados.
Sé que mis sueños pueden llevarse bien,
que pueden convivir juntos
sin llegar a matarse,
pero han de dormir en habitaciones separadas.
Sé lo irisorio de los ojos del gato,
del humo de la chiminea
y sé que los idiomas me ayudan
a hospedarme en hoteles de mala muerte
donde habitar con mis sueños
de habitaciones aparte.
Sé como llamarles para que vuelvan
cuando no se concilian del todo
y tienden a pelearse
en el pasillo que une sus habitaciones independientes.
Sé que toman trenes divergentes
y parten hacia ninguna parte.
Pero partes opuestas.
Sé como convencerles de que "todo va a ir bien"
y sé el número exacto de lágrimas que soltaran
al reencontrarme.
Sé que mis sueños me arroparán por la noche,
dormirán conmigo
y al día siguiente
volverán a saber llevarse
llevando en sus bolsillos llaves
de habitaciones diferentes.

miércoles, 1 de junio de 2011

*[Rosa del Desierto]*

Me creía lirio
y soy rosa del desierto.
Vivo de la arena
y el viento,
y no de la luz.
Es lento mi delirio,
muda mi voz,
y el placer mi cruz.
Conservaré congelado
el momento
del éxtasis
por siempre;
conservaré la belleza
impoluta e inverbe;
seré amada también
y creceré en susurros.
La rosa del desierto
no dista en nada
con las flores del campo.
Hipnotizando
no tiene rival,
y ante el vendaval
padece por igual,
sin cura
ni espanto.
La rosa del desierto
encandila
y arropa
como el lirio,
pero nunca será flor
porque el sol no la ampara
ni la adora
y la noche la persigue.
La rosa del desierto
está sola
y no siente
y no llora rocío.
La rosa del desierto
es estéril
como el sexo mío.
La rosa del desierto
está desierta:
el lirio no la iguala
por estar muerta.

*[Háblame, sólo háblame]*

Seguiremos hablando otro día. De otras cosas. O de ésta. O quizá esta misma noche, entre los sofocos de un verano que amanece y los sueños de una primavera somnolienta, a la que le están quitando el puesto.
Seguiremos hablando ahora, ahora mismo. No voy a dejar que te vayas a menos que quieras dejar de hablar, y para lo que tienes que hacer lejos de aquí, prefiero que te quedes. Tú mismo prefieres quedarte, lo sabes.
No es lo correcto, nadie dijo que lo fuera. Decidiste quedarte, o lo decidí yo por ti, aún cuando lo de ahí fuera era más importante. Entonces, ¿qué más da entonces? ¿qué más da ahora?
La charla banal no es trascendente, pero es placentera. Ambos podemos pensar, aquí dentro, que lo que poco importa fuera, o lo que mucho importa fuera, es totalmente comprendido por nosotros. Sabemos bien qué, quién, dónde, cómo, cuándo cuánto y por qué, y por eso hablamos de ello con total diluencia. Una charla sin ánimo de lucro, locuaz, que nos hace sentir inteligentes. Trascendentes frente a lo irrelevante.
Eso sí, no salgamos. Sabemos lo poco que importamos ahí fuera, extrapolados de nuestro ingenio y expuestos a la realidad.