¡Estoy que me salgo! Dos videos en un día.
Pues aquí os dejo un video con el que me he reido a más no poder. Claro que sí, señores. ¡¡No hay nada mejor que reirse de una misma!!
Es una video-respuesta al video de Rush Smith, el chico más dulce de la comunidad youtubera.
Ahí les va:
domingo, 8 de mayo de 2011
sábado, 7 de mayo de 2011
viernes, 6 de mayo de 2011
*[La escritura y sus virtudes]*
Cuando atravesé la puerta me extrañé ante la ausencia de olor. No es que esperase un olor concreto, pero sí a algo de comer. Siempre que volvía de trabajar, y como ella trabajaba por las mañanas, solía encontrarme el dúplex almizclado de olores. Una armonía perfecta entre el aroma de las sales minerales del baño que ibamos a tomar y los efluvios de lo que se cocinaba en el horno. Bien podía ser pescado, carne, verduras o el postre. A veces pensaba que variaba a diario por sorprenderme, pero lo cierto es que residía en la manera tan natural que tenía de ser efímera, inestable y escurridiza.
Me dirigí al salón guiado por el sonido de las teclas. Al llegar me la encontré en la esquina, detrás del piano, y con mil folios desparramados por el suelo. Sentada de forma irracional -rayando lo incómodo- se aferraba a la máquina de escribir compulsivamente. Conocía esa inspiración fugaz, pues yo también la sufría, y sabía cuan productivo podía ser expremirla, así que intenté no hacer mucho ruido y dejarla terminar.
Descubrí el fin del frenesí cuando se quedo quieta delante del último folio, lo sostuvo entre sus blancas manos, lo releyó varias veces y miró a su alrededor hasta descubrirme a mí.
Eran esos momentos los que aún a día de hoy no sabría describir. Al terminar de escribir su mente encabalgaba entre lo real y lo ficticio y se confundía de manera artificiosa en sus excesos teatrales. Todavía le quedaban retales de emociones enfundadas en tinta, siendo los minutos posteriores a su creación literaria los más vívidos, los más, si se me permite decirlo, realmente exaltados. Dependía de la sensación última, si era dolor, amor, o amargura el estado que la definía esa noche.
Me agaché a recoger alguno de aquellos folios. Éramos nosotros, en ese preciso instante, y no tardé mucho en entender qué quería, pues al alzar la vista la contemplé estirando sus manos hacia mí.
La agarré con mucho cuidado y la tiré entre los folios, tal y como había escrito. Acaricié con el dorso de mi mano la perfección del óvalo de su cara y seguí por el cuello, descendiendo después por el esternón hasta llegar al dobladillo de su camiseta. Jadeaba nerviosa, como cada vez que apreciaba en mi mirar intenciones poco ortodoxas. Una vez más se encontraba desnuda ante mí. Y no me refiero a la desnudez carnal, que tan poco le suponía y tan banal era, sino a la desnudez emocional. La besé mientras temblaba y cerraba los ojos con fijación. Decidí apartarme a apreciarla, cosa que la relajó notablemente. Cuando abrió pesadamente los ojos, más tranquila, los tenía como vidriosos, como huidizos y a la vez tenaces. Puso la mano en mi cuello y me acercó hacia ella, entreabriendo la boca. Era pequeña, húmeda y cálida. Se me iba entre las manos, como la arena del mar. Y sin embargo, se quedaba en ellas y me arrastraba. Poco a poco, junto a los folios, fue apilándose nuestra ropa. Sus mejillas encendidas era lo único luminoso entre aquel enjambre de abejas que me recorría todo el cuerpo. Su pecho subía y bajaba en el poco espacio que la alejaba de mí. Hasta que no quedó espacio y fuimos un sólo ser, que sentía lo mismo. Que no pensaba, que no sabía. Éramos una simple sensación, un único olor, un espacio. Éramos complicidad y aliento, saliva y calor.
Éramos ella.
Éramos yo.
La levanté con ternura, y la llevé a la cama, observando el pudor que la recorría al sentirse desnuda y desnudada. La tumbé y con ella yo. Me dejé ir entre sus rizos, sus pestañas, su olor y me dormí en el pequeño hueco que separaba sus dientes. Soñé con ella, agazapada entre mis pies, viendo como se nos pasaba la vida escribiéndonos mientras nos amábamos y amándonos mientras nos escribíamos.
Me dirigí al salón guiado por el sonido de las teclas. Al llegar me la encontré en la esquina, detrás del piano, y con mil folios desparramados por el suelo. Sentada de forma irracional -rayando lo incómodo- se aferraba a la máquina de escribir compulsivamente. Conocía esa inspiración fugaz, pues yo también la sufría, y sabía cuan productivo podía ser expremirla, así que intenté no hacer mucho ruido y dejarla terminar.
Descubrí el fin del frenesí cuando se quedo quieta delante del último folio, lo sostuvo entre sus blancas manos, lo releyó varias veces y miró a su alrededor hasta descubrirme a mí.
Eran esos momentos los que aún a día de hoy no sabría describir. Al terminar de escribir su mente encabalgaba entre lo real y lo ficticio y se confundía de manera artificiosa en sus excesos teatrales. Todavía le quedaban retales de emociones enfundadas en tinta, siendo los minutos posteriores a su creación literaria los más vívidos, los más, si se me permite decirlo, realmente exaltados. Dependía de la sensación última, si era dolor, amor, o amargura el estado que la definía esa noche.
Me agaché a recoger alguno de aquellos folios. Éramos nosotros, en ese preciso instante, y no tardé mucho en entender qué quería, pues al alzar la vista la contemplé estirando sus manos hacia mí.
La agarré con mucho cuidado y la tiré entre los folios, tal y como había escrito. Acaricié con el dorso de mi mano la perfección del óvalo de su cara y seguí por el cuello, descendiendo después por el esternón hasta llegar al dobladillo de su camiseta. Jadeaba nerviosa, como cada vez que apreciaba en mi mirar intenciones poco ortodoxas. Una vez más se encontraba desnuda ante mí. Y no me refiero a la desnudez carnal, que tan poco le suponía y tan banal era, sino a la desnudez emocional. La besé mientras temblaba y cerraba los ojos con fijación. Decidí apartarme a apreciarla, cosa que la relajó notablemente. Cuando abrió pesadamente los ojos, más tranquila, los tenía como vidriosos, como huidizos y a la vez tenaces. Puso la mano en mi cuello y me acercó hacia ella, entreabriendo la boca. Era pequeña, húmeda y cálida. Se me iba entre las manos, como la arena del mar. Y sin embargo, se quedaba en ellas y me arrastraba. Poco a poco, junto a los folios, fue apilándose nuestra ropa. Sus mejillas encendidas era lo único luminoso entre aquel enjambre de abejas que me recorría todo el cuerpo. Su pecho subía y bajaba en el poco espacio que la alejaba de mí. Hasta que no quedó espacio y fuimos un sólo ser, que sentía lo mismo. Que no pensaba, que no sabía. Éramos una simple sensación, un único olor, un espacio. Éramos complicidad y aliento, saliva y calor.
Éramos ella.
Éramos yo.
La levanté con ternura, y la llevé a la cama, observando el pudor que la recorría al sentirse desnuda y desnudada. La tumbé y con ella yo. Me dejé ir entre sus rizos, sus pestañas, su olor y me dormí en el pequeño hueco que separaba sus dientes. Soñé con ella, agazapada entre mis pies, viendo como se nos pasaba la vida escribiéndonos mientras nos amábamos y amándonos mientras nos escribíamos.
miércoles, 4 de mayo de 2011
*[Trece kilómetros]*
El tener una tarde por delante y no demasiadas ganas de llegar a casa fueron los principales motivos que la condujeron a decidir caminar aquellas dos horas, aunque no contó con el chaparrón.
Aquella tarde, esperando a un autobus impuntual- como era de costumbre-, se dio cuenta de que pese a haber estado en la otra punta de Europa, nunca había cruzado las bifurcaciones de los pueblos que transitaba normalmente. Antes de seguir con aquella hipocresía prefirió tomar medidas. Serían unos trece kilómetros, pero ella no tenía prisa.
Sóla por la calle se sentía independiente, en lugar de asustada. No llevaba móvil, y tampoco nadie sabía dónde localizarla. Estaba sóla frente al mundo.
Un leve chirimiri-calabobos le presagió la tromba de agua que la cegaría después, pero decidió ignorarlo pues hacía suficiente calor como para disipar cualquier otro pensamiento.
Comenzó a llover en el tramo menos adecuado, cuando la carretera dejó paso al albero, entre una comarca y otra. No obstante, el barro y sus dificultades le parecieron entretenidas. Saltando de malashierbas a trozos de roca consiguió alcanzar, como si fuera la orilla contraria de un río, el otro tramo de asfalto.
Algunos coches pararon, conmiserados, a salvar a la pequeña chica que vestía de corto sin paraguas. Sin embargo, ella con una sonrisa les negaba la petición, no por desconfianza, sino por placer. Ya se había decidido a llegar a pie.
Allí, esa tarde, tuvo la certeza de que el mundo no tenía nada que hacer frente a ella. Se lo podría comer si quisiera. Sin sentido o con él.
Lo que otros considerarían como una locura innecesaria capaz de provocar una gripe inminente en cualquiera, ella lo veía como un acto de romanticismo y conexión con el mundo.
Llegó empapada no sólo de agua, sino de olor a mojado, antojo de libertad y alardes de grandeza.
Aquella tarde, esperando a un autobus impuntual- como era de costumbre-, se dio cuenta de que pese a haber estado en la otra punta de Europa, nunca había cruzado las bifurcaciones de los pueblos que transitaba normalmente. Antes de seguir con aquella hipocresía prefirió tomar medidas. Serían unos trece kilómetros, pero ella no tenía prisa.
Sóla por la calle se sentía independiente, en lugar de asustada. No llevaba móvil, y tampoco nadie sabía dónde localizarla. Estaba sóla frente al mundo.
Un leve chirimiri-calabobos le presagió la tromba de agua que la cegaría después, pero decidió ignorarlo pues hacía suficiente calor como para disipar cualquier otro pensamiento.
Comenzó a llover en el tramo menos adecuado, cuando la carretera dejó paso al albero, entre una comarca y otra. No obstante, el barro y sus dificultades le parecieron entretenidas. Saltando de malashierbas a trozos de roca consiguió alcanzar, como si fuera la orilla contraria de un río, el otro tramo de asfalto.
Algunos coches pararon, conmiserados, a salvar a la pequeña chica que vestía de corto sin paraguas. Sin embargo, ella con una sonrisa les negaba la petición, no por desconfianza, sino por placer. Ya se había decidido a llegar a pie.
Allí, esa tarde, tuvo la certeza de que el mundo no tenía nada que hacer frente a ella. Se lo podría comer si quisiera. Sin sentido o con él.
Lo que otros considerarían como una locura innecesaria capaz de provocar una gripe inminente en cualquiera, ella lo veía como un acto de romanticismo y conexión con el mundo.
Llegó empapada no sólo de agua, sino de olor a mojado, antojo de libertad y alardes de grandeza.
*[Ya pasó, Marina]*
Estacionada en el andén
sin esperar más que horas
conectada (de oídos) al edén
de mi mundo musical
de amapolas musitadas.
Te escucho entre los versos
de un poema mal cantado
o una canción mal recitada
sin saber si atender a tu llamada,
la de un fantasma transgresor.
Un fantasma sin reglas,
sin existecia ni halo,
sin miedo ni pecado,
pero con olor a lluvia.
El tren parte
entre la niebla y la noche
pero no sabe a novela negra.
Huele a nuevo,
a plástico y gente urbana
que no conocen el significado
de la palabra misterio.
Ya lo paga el ministerio
y lo pintan los analfabetos
en tonos neón.
No se sentará Hercules Poirot,
de eso estoy segura.
Pero, gracias a Dios,
el tren va demasiado rápido
y el fantasma, la niebla
y el misterio
no serán capaces nunca
de alcanzarme dentro de la
contemporaneidad
de mi Ipod.
Ya no.
sin esperar más que horas
conectada (de oídos) al edén
de mi mundo musical
de amapolas musitadas.
Te escucho entre los versos
de un poema mal cantado
o una canción mal recitada
sin saber si atender a tu llamada,
la de un fantasma transgresor.
Un fantasma sin reglas,
sin existecia ni halo,
sin miedo ni pecado,
pero con olor a lluvia.
El tren parte
entre la niebla y la noche
pero no sabe a novela negra.
Huele a nuevo,
a plástico y gente urbana
que no conocen el significado
de la palabra misterio.
Ya lo paga el ministerio
y lo pintan los analfabetos
en tonos neón.
No se sentará Hercules Poirot,
de eso estoy segura.
Pero, gracias a Dios,
el tren va demasiado rápido
y el fantasma, la niebla
y el misterio
no serán capaces nunca
de alcanzarme dentro de la
contemporaneidad
de mi Ipod.
Ya no.
martes, 3 de mayo de 2011
*[Observaciones pueriles]*
Ponerle cara a la expresión oral se convirtió en indispensable desde que soy una niña. Ya no entiendo bien el lenguaje sin acompañarlo de una expresión facial.
Me di cuenta, un día, que cada una de las cosas que salen de la boca de un narrador acarrean graves consecuencias en sus gestos, sus ojos, sus labios. La devastación de un acontecimiento estremece hasta el punto último de las orejas. Por eso atiendo a aquellos que hablan, aunque no se dirijan a mí. Puede ser que me guste descifrar cosas.
Cuando alguien me cuenta algo que le dijo un tercero es raro que no se encuentre con la siguiente pregunta: "¿Con qué cara lo dijo?"
A fin de cuentas, tras la palabras, los cuentos recorren los pliegues de la piel de aquel que habla.
Me di cuenta, un día, que cada una de las cosas que salen de la boca de un narrador acarrean graves consecuencias en sus gestos, sus ojos, sus labios. La devastación de un acontecimiento estremece hasta el punto último de las orejas. Por eso atiendo a aquellos que hablan, aunque no se dirijan a mí. Puede ser que me guste descifrar cosas.
Cuando alguien me cuenta algo que le dijo un tercero es raro que no se encuentre con la siguiente pregunta: "¿Con qué cara lo dijo?"
A fin de cuentas, tras la palabras, los cuentos recorren los pliegues de la piel de aquel que habla.
*[Nueva York escrito en español]*
De verdad que aún no sé cómo reaccionar.
Hace tan sólo media hora que me han comunicado que este septiembre me voy una semana a Nueva York.
Será tachar un gran sueño de la lista.
NEW YORK
Hace tan sólo media hora que me han comunicado que este septiembre me voy una semana a Nueva York.
Será tachar un gran sueño de la lista.
NEW YORK
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